Nacer en paz

NACER EN PAZ

 

MERCEDES SERRANO HUELVES.

     

            Todo tiene una armonía que fluye y se mantiene. Si somos capaces de vivir con ella nos alejamos del miedo y la violencia.

               Es frecuente que las ideas con las que vivimos nos parezcan seguras e inmutables. Es muy cómodo aferrarse a las antiguas ideas, a veces demasiado cómodo, y se acaban convirtiendo en un lastre para nuestra vida.

               Desde ahí se nos olvida que durante la gestación debemos extremar los cuidados de la unidad que supone la madre gestante con su bebé. Ayudar y explicar para que las personas entiendan  que hay que pararse, que en la gestación tenemos que ser conscientes de que si pasa algo, tenemos que cambiar los cuidados, las atenciones, los pensamientos.

               Si nos preguntamos por el origen de la vida sabemos que la explicación del encuentro entre un óvulo y un espermatocito no es suficiente para explicarlo. A lo largo de mi vida profesional cada vez me resulta mas claro, al estar en el suelo sentada a que ese bebé, ese  ser único aquí y ahora, ha necesitado la fuerza del universo entero para llegar a completarse.

               Quizás en esta era tecnológica estamos perdiendo la perspectiva, cuando las personas nos sentimos en posesión (tecnología mas maquinaria) de tener todas las respuestas, que podemos intervenir, crear modificarlo todo y lo más grave es que al sentirnos tan poderosas seguimos apostando a que estas intervenciones y falta de cuidados esenciales, de esta parcelación, no tiene consecuencias, que no altera la armonía ya existente.
 

            Esta falta de entendimiento, esta pérdida de visión mas amplia, supone que este ecosistema que funciona y lo ha demostrado, se altera profundamente sin que hayamos medido las consecuencias, aunque ya las estemos padeciendo. Leboyer dice que para cambiar el mundo hay que cambiar la forma de nacer.

 

            Durante la concepción cuando un alma se encarna de nuevo, cuando escoge a las personas que van a ser sus padres en esta vida, supongo que confía en el respeto a la vida, en la conciencia de la suerte que la VIDA representa, la posibilidad de un brote de amor, ternura, alegría en la superficie de este mundo.

               “El germen unicelular humano es de por sí un organismo individual”. Cada bebé puede ser una individualidad que contribuya de forma decisiva al progreso de la humanidad ayudando a abrir nuevos caminos.
               Los acontecimientos extraordinarios suelen ocurrir en lugares excepcionales y en circunstancias especiales. También en el lugar del misterio que tratamos: se trata del interior del útero.

               En el útero materno reinan unas condiciones de vida que se hallan en las cimas más altas de la tierra e incluso por encima de ellas en el cosmos. En el útero, gracias a la tríade prenatal (cordón umbilical, membranas y placenta), es donde el alma y el ser espiritual pueden unirse al cuerpo del bebé.

               Su función llega a su fin en el momento del nacimiento, su salida de hecho se llama alumbramiento.

               La vida del embrión en el útero transcurre en unas circunstancias excepcionales. Dentro del útero materno vive en unas condiciones completamente diferentes a las que rigen su vida después del nacimiento.

            El bebé antes de nacer no es todavía un ser completamente terrestre, su patria es el cosmos con todas la fuerzas que lo animan.

            Cuando contemplamos estos acontecimientos, solamente en su aspecto material, perdemos una gran fuente de conocimientos sobre los enigmas de la vida. Todo cuanto sucede en el cuerpo tiene su origen a través de lo espiritual.

               Si nos perdemos este conocimiento las mujeres podemos vivir la gestación adaptándonos  sin resistencia a las molestias y los cambios que se van produciendo en nuestra vida en vez de enfrentarlos y tratar de eliminarlos, lo que nos lleva a un mayor alejamiento de nosotras mismas y del dúo con el bebé.

               Si en esa comprensión del ser diferente a la aportación de la madre y el padre hacemos, encontramos la ayuda necesaria para adaptarnos, si nos esforzamos en encontrar el sentido que tienen todas las molestias se hacen mucho más llevaderas.
 

            Así el nuevo ser va completando su vida intrauterina y la madre y el padre van asumiendo sus propias preguntas, las propias contradicciones que esto les generan.


               Si es posible el silencio, cantar, bailar, escuchar música, pasear, rezar, el contacto con la naturaleza permite un descanso más profundo y estar más relajada, el bebé crece en un útero relajado, no tenso. El ser más amoroso, no sólo entre la pareja sino con los otros seres  que queremos y nos quieren.

               Esperar y confiar en que la llegada de este invitado a nuestra casa y nuestra vida, algo grande va a suceder cuando llega el momento del nacimiento.
 

            Lo esencial cuando llega ese momento es no hacer, acompañar. Durante los meses anteriores al estar precavidas, vigilantes, cuidadosos se han establecido las condiciones para que sea más fácil acompañar no sólo al bebé sino las sensaciones, movimiento, contracciones, esa pulsación rítmica en tu interior, aceptarlas, simplemente aceptar el presente, sin miedo, con confianza, es respirar, inspirar y espirar con la propia pulsión del cosmos. Así el canal del nacimiento, se expande, se esponja, es una manera de ampliar un conducto, de crear un camino para el bebé. El miedo conduce al dolor y es muy difícil no luchar contra el dolor.

               Cuando luchas interfieres con ese ritmo, sin acompañar a tu cuerpo. Si te dejas llevar por esas olas de profundas sensaciones, si puedes disfrutarlas es un gran  placer, puede ser una experiencia mística, feliz, dichosa.

               El nacimiento marca el primer acto de todos los que le siguen. Dejar que ese primer acto, esa primera experiencia sea un hermoso fluir, un acompañamiento amoroso.

               Al buscar y generar las condiciones para que el parto para la madre y el nacimiento para el bebé se produzca en armonía, silencio, tranquilidad.

               El momento del nacimiento es una sorpresa, sucede y casi siempre te pilla por sorpresa, aún dentro de la espera. La madre rodeada de personas que la quieren  y la respetan cuidando los detalles, el contacto, el agua (como ayuda a la dilatación), se haga como las olas que continuamente llegan a la playa sabiendo que tienen un fin.

               Cuando el padre escucha el latido del corazón de su bebé para confirmar que se encuentra bien, que este momento de sentirse presionado por las contracciones empujado por ese canal del parto que le conduce a la luz, a los brazos amorosos de su madre, la persona que con el latido rítmico, constante de su corazón le ha acompañado toda la vida que ahora deja atrás.
   
            La penumbra en la que se le recibe para que sus ojos todavía no acostumbrados a la luz sin filtrar por el cuerpo y el líquido amniótico no le dañe. El silencio reverente ante lo sagrado, por muchas veces que se repita cada día en todos los lugares, sigue siendo un acto sagrado. Su olfato reconociendo por fin, ese olor que le acompaña para darle seguridad de estar en el sitio adecuado. Su gesto, al limpiarle por primera vez las secreciones. Su piel fina nunca antes en contacto con otra piel sin el medio del líquido amniótico. La presión de la mano sobre el pecho para ayudarle a expulsar las secreciones que le permitan respirar libremente.. El contacto de esas manos temblorosas sin seguridad, con un temor a importunarle, a rozarle. Ese abrazo intenso, deseo esperado y contenido a abrazarle, chuparle, besarle, acariciarle, darle la bienvenida a este mundo.

               La sensación, el gusto, por fin utilizado y sentido con el pezón de la madre en la boca, la seguridad del alimento, cálido, que fluye ante su contacto, esa unión intensa que le conecta definitivamente con el alimento que la vida le regala para que su adaptación sea sin prisas.

          Ya respira por sí mismo, su cordón umbilical ha dejado de latir de hacer el intercambio con el que ha podido llegar hasta aquí. El acto simbólico de cortarlo de hacer la separación con su madre para seguir nutriéndose de esta madre tierra, para desarrollarse y si es posible traer más paz y armonía a este mundo.


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